La presentación en el auditorio TELMEX, operado por la Universidad de Guadalajara U de G, de un grupo musical que rindió homenaje a un líder del crimen organizado, dedicándole una canción y exhibiendo la imagen monumental del capo, en medio del aplauso frenético del público, mueve a reflexión.
Sobre el suceso del sábado pasado, TELMEX no ha dicho nada; el Rector de la Universidad de Guadalajara deslindó a la Institución de lo acontecido, aunque ofreció que en adelante, en los contratos de uso del inmueble, se prohibirán “esas conductas”. Por su parte el gobernador Pablo Lemus convoca a legislar para “prohibir tales tipos de intervenciones…” pero en virtud de que el artículo 142 del Código Penal de Jalisco, ya tipifica esa conducta como Apología del Delito, el Gobernador asegura que pedirá a la Fiscalía que inicie una investigación al respecto. A ver si es cierto.
Entre otras reacciones destaca la de Julián Woodside, académico del Instituto de Estudios Superiores de Occidente ITESO, de filiación Jesuita, quién aseguró que los acontecimientos “son consecuencia de la incapacidad y la falta de respuesta de las autoridades ante la violencia y la corrupción en el país…” y adelantó que “de nada o de muy poco servirá una política prohibicionista…”. Lo cierto es que entre la corrección política, que en base a un mal entendido Derecho de Libertad prohíbe prohibir, y la forma en que el narco se ha infiltrado hasta la médula en el cuerpo social, existe poco espacio de maniobra.
El hecho de que la mayor compañía telefónica y de comunicaciones del país patrocine un auditorio que por añadido opera la U de G, en el que se presente un espectáculo semejante, y que voces académicas como la procedente del ITESO, aprovechen para criticar a los gobiernos sin asumir la responsabilidad que corresponde a todos los agentes sociales, es inadmisible. La banda musical en cuestión es famosa por divulgar narcocorridos y bastaría con que el operador del inmueble hubiera buscado en redes sociales su trayectoria, para apreciar el grado de compromiso del grupo con la causa del narcotráfico, y como parte integral de la estructura de vinculación social del cartel criminal.
El gobernador Lemus se duele diciendo: “…justo en ese recinto universitario, apenas el miércoles pasado, expresé que tras lo ocurrido en el Rancho Izaguirre era tiempo de tocar fondo y salir unidos para no repetir tales tragedias…” (1). Lo mas probable es que el lamento del Gobernador caiga en el vacío, porque muchos de los que reclaman por lo ocurrido en Teuchitlán aplaudieron al verdugo en el concierto y ningún agente social, ni los propios adictos ni sus familias, ni sus profesores se dan por aludidos, ni se sienten responsables de asumir una postura al menos testimonial frente a la narco cultura, como si tal cosa pasara en otro planeta y los miles de muertos y desaparecidos nada tuvieran que ver con el tema.
Sobre el cimiento de una sociedad irresponsable e hipócrita y una muchedumbre orgiástica que exige que se respete su libertinaje, se erige una conjura de intereses creados y factores reales de poder que a nivel mundial, promueven la contra cultura de la muerte y explotan el gran negocio del narcotráfico. Por algún lado habrá que empezar como acaban de hacer las autoridades de los EEUU, que a raíz de lo acontecido han cancelado las visas a los integrantes del grupo musical en comento, prohibiendo su ingreso al vecino país, aunque debieron de haber empezado por su propia casa, atendiendo a su juventud desde 1969, en aquellos días del festival de Woodstock (2).
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