El 12 de octubre de cada año, como fecha de encuentro entre quienes llegaron de España y los naturales de estas tierras, revive la Guerra en la Sangre, latente en las venas de los mexicanos, que mantiene vivos los agravios de la conquista, e impide superar los conflictos de la mezcla de razas, indígena y española.
En México hemos dejado de celebrar el Día de la Raza en el que fuimos instruidos desde la escuela primaria, lo cual es lamentable, porque el 12 de octubre de 1492 inicia la experiencia de la humanidad en torno a la redondez del planeta, como espacio de encuentro de todas las civilizaciones. Como consecuencia ambas vertientes del origen de nuestra nacionalidad merecen ser reconocidas, la indígena y la española, asumiendo las cualidades y defectos de cada una de ellas y con mayor razón su resultante mestiza, que corresponde a la mayoría de los mexicanos.
Quienes están enojados o se burlan porque los Gobiernos de la 4T exaltan al elemento indígena, pasan por alto que esta visión rescata del aislamiento y la invisibilidad a nuestros hermanos de muchas comunidades originarias, por lo que las políticas públicas indigenistas son de estricta justicia, sin perjuicio de reconocer nuestras herencias hispana y universal. Hernán Cortés avizoró el mestizaje como efecto inevitable del encuentro fundacional, lo asumió en lo personal de modo entrañable y lo postuló como proyecto de nación a despecho de lo que pudiera opinar el Gobierno de la Metrópoli.
Es cierto que la conquista a sangre y fuego de la Gran Tenochtitlán y la caída del Imperio Azteca, fueron un tramo doloroso en el camino hacia la integración, cuyo paso no habría sido posible sin la profecía de Quetzalcóatl y sin el apoyo de un ejército de diez mil tlaxcaltecas que acudieron a su cita con la historia, a dar testimonio del ocaso de los dioses antiguos. Especial homenaje merece la Malinche, Madre de la Patria que de esclava pasa a ser Doña Marina, al asumir la nueva cosmogonía a través del bautismo cristiano, en aras de la comunidad futura que se gesta en su vientre.
Como el primer encuentro, la ruptura también fue sangrienta; cuando España cayó frente a los imperios emergentes, Inglaterra y Estados Unidos, en México fueron juntos al Movimiento de Independencia criollos, indígenas, mestizos y mulatos, y de ahí la diversidad étnica y social de los implicados: Los sacerdotes Miguel Hidalgo, José María Morelos y Mariano Matamoros; la corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, la periodista Leona Vicario, el arriero Vicente Guerrero, el soldado realista Agustín de Iturbide, etcétera.
Las narrativas del Día de la Raza y de la Guerra en la Sangre, han cedido el paso a la disputa global entre un Gobierno Mundial hegemónico y un Mundo Multipolar, en el que sea respetada la Soberanía de los Estados Nacionales. En un lado ondea la bandera de la Hispanidad, que enarbola una monarquía que está postrada ante los promotores del Gobierno Mundial; en el otro bando los países de Hispano América, aferrados cada cual a su Independencia y Soberanía, sostienen una lucha de resistencia frente a los imperios viejos y nuevos.
Con sus luces y sombras, la vorágine social, étnica y cultural que nos conduce hacia la síntesis de la mexicanidad, nos habla de una identidad que en el devenir de los acontecimientos, ha desarrollado perfiles particulares y sigue en proceso de maduración.

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