En menos de veinte días los Estados Unidos han pasado de la exigencia de una rendición incondicional del Régimen Iraní, a la imposición forzosa a la comunidad internacional, para que los aliados de los EEUU y hasta sus adversarios, apoyen su aventura criminal.
Desde un principio algunos aliados de los EEUU pintaron su raya, como ocurrió con el Presidente de Francia que consideró el ataque a Irán como de “objetivo incierto… cuya escalada bélica en extremo peligrosa, amenaza a la estabilidad global…”. Por su parte el Primer ministro de Canadá Mark Carney se manifestó de manera ambigua, cuando después de calificar los ataques contra Irán como “incompatibles con el derecho internacional”, dijo apoyar a los EEUU “con pesar… en el contexto de fracaso del orden internacional”, y agregó que su apoyo “no es un cheque en blanco”.
Para justificar el ataque resonaron viejas acusaciones en contra de Irán respecto al desarrollo de armas nucleares por parte del Régimen de los Ayatolas sin embargo, tal discurso se agotó al estar fincado en una hipótesis no probada y en cambio, la agresión de los EEUU e Israel, unilateral y fuera del marco del Derecho Internacional, es una realidad. En la medida en que el agresor descarta toda solución pacífica, el Pueblo Iraní queda arrinconado en la disyuntiva de matar o morir, lo que hace prever un conflicto de largo aliento, que de acuerdo a la experiencia Palestina aún en curso, se avizora como otro exterminio genocida.
El precedente palestino, y el hecho de que el ataque a Irán haya iniciado sobre objetivos civiles, incluido un colegio de niñas, revela que la guerra tiene como propósito el exterminio del Pueblo Iraní, la ocupación de su territorio y el robo de su petróleo. El verdadero objetivo de esta guerra es posicionar al Estado Sionista como potencia dominante en la región, y así lo acredita la renuncia del Director del Centro Nacional de Antiterrorismo de los EEUU Joe Kent, quién dimitió el día de hoy después de reconocer que Irán no constituía una amenaza, y asegurar a riesgo de su vida, que Trump inició la guerra debido a la presión de Israel y del lobby judío en EEUU (1).
Donald Trump ya no pide el apoyo internacional a su causa sino que lo exige, basado en que el control de Irán sobre el estrecho de Ormuz y el flujo de petróleo a cuentagotas, que el propio Trump y Netanyahu provocaron, es causa de inestabilidad no solo en el sector energético, sino en los mercados financieros globales. Bajo esta lógica perversa además de convocar a los países de la Unión Europea para que envíen sus flotas armadas en contra de Irán, Trump trata de arrastrar a China como aliado circunstancial, arrojando un señuelo al Gigante Asiático, con la esperanza de que ante la escasez de petróleo, muerda el anzuelo.
Hasta ahora la respuesta ha sido adversa a la exigencia de Trump. El Régimen de Pekín no se chupa el dedo, y uno a uno los aliados de EEUU han declarado que no participarán en esta guerra, aunque han sido tibios porque omiten condenar la política belicista de Trump; tampoco llaman al cese al fuego en todos los frentes abiertos en Medio Oriente, ni proponen una ruta diplomática concreta hacia la paz (2).

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