La guerra desatada por los Estados Unidos e Israel contra el mundo, en aras de someter a todas las naciones del planeta bajo el dominio de un Gobierno Mundial, ha llegado a un punto de no retorno.
Los hechos muestran a una Europa sometida al Tío Sam, que por miedo irracional accede a destinar el cinco por ciento de su Producto Interno Bruto a gasto militar, dirigido de manera especial a la compra de armas a los EEUU. El acuerdo sellado la semana pasada entre Donald Trump y Úrsula Von der Leyen impone un 15 por ciento de aranceles sobre los productos europeos que ingresen a los EEUU, y obliga a los países de la Unión Europea UE a comprar a los EEUU energía por valor de 750.000 millones de dólares y a realizar inversiones en territorio yanqui por valor de 600.000 millones de dólares. Todo para los EEUU, nada para la UE (1).
En paralelo tras darse cuenta y reconocer en público que los Estados Unidos no desean la paz en Ucrania sino apoderarse de sus minerales raros y otros recursos naturales, Volodimir Zelensky se debate desde hace cinco meses entre el sartén de la Organización del Tratado del Atlántico Norte OTAN, y el fuego de la guerra con Rusia. Esta situación es aprovechada por Rusia, que redobla los ataques para que Kiev reconozca la pérdida del actual corredor que va de territorio ruso a la Península de Crimea, a cambio de la ansiada paz y el goce de plena soberanía e independencia.
Aunque suene extraño lo anterior es una alternativa saludable para Ucrania, porque a estas alturas está claro que la guerra en comento fue provocada por la OTAN, que amenazó hasta el cansancio con instalar en suelo ucraniano, misiles de largo alcance apuntando hacia Moscú. En esta guerra todos han ganado menos Ucrania, porque Rusia logró su objetivo de acceso al Mar Negro desde las primeras semanas de estallado el conflicto y los Estados Unidos y la OTAN han montado un gran negocio con la venta de armas a Ucrania y el suministro de energía a los países Europeos, que ha generado enormes ganancias a empresas de la oligarquía global.
El colmo lo ofrece el Genocidio Palestino que para consolidar el Estado de Israel como enclave colonial de occidente en Medio Oriente, revela su peor cara en un embate de hambruna utilizada de modo deliberado y planeado, como arma de guerra para consumar el exterminio de hombres, mujeres, niños y niñas del Pueblo Palestino. En efecto, pese al negacionismo en contrario sostenido por Israel, en la Franja de Gaza la hambruna es una experiencia individual y colectiva de sometimiento, deshumanización y exterminio (2).
Esta tragedia universal nos denigra a todos los hombres y pueblos de la tierra, en la medida en que las reacciones que suscita en los ciudadanos comunes, los gobiernos de los países y en los organismos internacionales, son excepcionales y tan débiles, que no nos permiten avizorar una reivindicación heroica restaurativa, a la manera en la que imaginaron y vivieron los antiguos griegos.

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