El señalamiento del Rancho Izaguirre como supuesto campo de exterminio reactiva el falso debate en virtud del cual, el gobierno de cada sexenio culpa a los del pasado por la violencia que azota a nuestro país y la oposición utiliza el desgaste social y político acumulado por décadas para golpear al régimen en turno.
Lo anterior en nada resuelve el problema y por el contrario, genera un sentido de frustración que corroe al tejido social y a las instituciones del estado, que podemos evitar reconociendo la naturaleza del narcotráfico. En México el reto sin resolver trasciende a los cambios de gobierno de todos los partidos; a nivel mundial el tráfico y consumo drogas se sustenta en poderes fácticos que sobrepasan a los estados nacionales; en los EEUU además de ser un gran negocio equilibra la balanza comercial y es un medio de control social empleado por la superpotencia.
La situación que viven hoy día México y Estados Unidos como países que comparten territorio continental e integran un mismo bloque comercial, se caracteriza porque el tráfico y consumo de fentanilo se encuentra fuera de control de las agencias de los EEUU. Lo anterior exige a los gobiernos de ambos países ir más allá del gastado discurso binacional, y trabajar en serio en bloquear el flujo de precursores procedentes de China, detener el tráfico de armas, someter a los generadores de violencia y atemperar el problema de salud pública que implica el consumo de drogas.
La posibilidad de enfrentar al narco es más propicia hoy que antes, porqué desde su inicio el Gobierno de Enrique Peña Nieto se rindió: suprimió la Secretaría de Seguridad Pública y redujo la Policía Federal a límites de su extinción. López Obrador empezó atado de manos; inició por construir una nueva relación con las Fuerzas Armadas, y a contracorriente impulsó reformas constitucionales para regular la función del Ejército y la Marina en tareas de seguridad pública. Lo anterior le permitió crear la Guardia Nacional que cuenta con 170 mil elementos de tropa y 500 cuarteles repartidos en el territorio patrio.
Hoy día el Gobierno de México tiene un sistema de inteligencia y un plan de operación que en solo seis meses ha hecho la diferencia, con resultados que están a la vista (1). Sin embargo no han sido suficientes ni la captura de 10 mil delincuentes ni el decomiso de 90 toneladas de droga; ni siquiera el golpe dado la semana pasada por la Marina en la sierra de Zacatecas, en donde fue destruido un laboratorio gigantesco y fueron incautadas substancias para fabricar 698 millones de dosis de drogas sintéticas, lo que nos da una idea del tamaño colosal del enemigo a vencer (2).
Pese a la magnitud de los resultados se estiman insuficientes, porque tienen su contrapartida negativa en la reacción de los criminales cada vez más brutal, que impulsa la espiral de violencia y derramamiento de sangre y por añadido plantea el riesgo de que en el caso de que llegue a menguar el consumo de drogas en los EEUU, los narcos asiáticos pongan sus ojos en México como mercado substituto para su tráfico criminal. Por otra parte la legalización de las drogas no es opción, porque unificaría al narco como poder fáctico con los gobiernos del mundo.
El combate armado en contra del narco solo será eficaz si los gobiernos someten a los poderes financieros que lucran con su operación, al tiempo que las sociedades impulsen un cambio de paradigma para desterrar el consumo recreativo de drogas como fenómeno de cultura de masas. No hay de otra (3).
(3) Si deseas más información sobre este tema, te ofrezco mis artículos Guerra Mundial en México, Tráfico de Muerte e Hipocresía de Trump, en este mismo Blog Archivo Adjunto.
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