A cien años del inicio de la Guerra Cristera (1926-1929), abundan comentarios que quisieran revivir aquel levantamiento en armas de Militantes Católicos en contra del régimen del fundador del PRI, Plutarco Elías Calles, sin hacer un análisis del largo peregrinar de la Iglesia Católica, para cumplir el mandato de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Es muy claro el mandato de Cisto en el sentido de dar a Dios y al César lo que a cada uno de ellos corresponde sin embargo, su cumplimiento ha requerido todo un proceso histórico de evolución de la conciencia de la humanidad. En efecto, la religión judía derivó en un sistema político teocrático que aún persiste, y hasta el poder del Emperador Romano se sustentaba en ser hijo de los dioses paganos, acorde a una mentalidad ancestral que no distingue la práctica religiosa del ejercicio del poder político.
Aunque la Iglesia fue ferozmente perseguida por el Imperio en los primeros tres siglos de su existencia, en ese tiempo legitimó su autoridad moral, hasta el punto de que en el año 313 Constantino reconoció el Derecho a la Libertad Religiosa. Setenta años más tarde el emperador Teodosio I declaró al Cristianismo “religión oficial” del Imperio, lo que sumado a las Invasiones Bárbaras que a partir del Siglo V redujeron a la ciudad de Roma, de un millón a cuarenta mil habitantes, tanto el poder temporal como el espiritual quedaron en manos del Papa en lo que fueron los Estados Pontificios.
En el Siglo VIII Carlomagno sustentó su Imperio en la Iglesia de Roma, mediante una alianza que sujetó a ésta a las vicisitudes del poder temporal, generando las guerras entre el Papado y el Imperio que fueron recurrentes en la edad Media, durante la cual se formaron en Europa los Estados Nacionales. En la era de la Ilustración el Estado Laico se reveló en contra de su matriz que es la Iglesia, ofreciendo un ejemplo de como Dios suele escribir en renglones rectos que parecen torcidos, puesto que ese fue el camino para que la Iglesia se liberara del ejercicio del poder temporal en el que estuvo atrapada hasta 1929, en que quedó con un territorio de medio kilómetro cuadrado, suficiente para albergar a la Sana Sede.
En México la cuestión fue planteada a partir de la caída del Imperio Español y la Independencia fue iniciada por Curas de pueblo como Miguel Hidalgo que encendió la llama y José María Morelos, que dotó al movimiento de sentido republicano y estructura jurídica en la Constitución de Apatzingán. Durante el Siglo XIX chocaron dos visiones de país; para los conservadores la fusión de Estado e Iglesia era necesaria para mantener la unidad de una sociedad desigual y racialmente fragmentada y los liberales propusieron un estado laico capitalista para superar las diferencias estructurales de la sociedad.
Los conservadores trajeron a Maximiliano, pero éste confirmó la tendencia de separar a Iglesia y Estado, y la batalla militar, cultural y política se decidió en favor de los liberales, lo que consolidó la Constitución de 1857 y las leyes que despojaron a las Comunidades Indígenas y a la Iglesia de sus bienes, para que fueran objeto de comercio. Dicha situación fue corregida en parte por la Constitución de 1917, que mantuvo leyes anticlericales que condenaron a la Iglesia a la inexistencia jurídica y prohibían el culto público sin embargo, restauró la propiedad comunal de los Ejidos de los Pueblos, que había sido protegida por las Leyes de Indias desde el Virreinato.
Con todo y su lamentable saldo de sangre la Guerra Cristera dio fruto, cuando Iglesia y Estado la dieron por terminada en 1929, mediante un pacto no escrito de convivencia más o menos tensa, que dejó inaplicadas las normas que vulneraban la libertad religiosa, hasta que fueron borradas de la Constitución sesenta años más tarde.

0 comentarios