Una vez concluido el viaje de Donald Trump a China, recrudece su lucha por el control hegemónico de los Estados Unidos sobre America Latina, como una forma de atrincherarse dentro de los límites que la realidad geopolítica impone a los EEUU.
Apenas bajó del avión que lo trajo de vuelta de Pekín, Trump reanudó sus ataques en contra del Gobierno de México, al que insiste en señalar como responsable del consumo de drogas en su país. La estrategia de Trump es similar a la del mal trato que emplea con sus aliados europeos, a los que EEUU mantiene como clientes cautivos como proveedor de recursos energéticos y armas de fuego, y como el gran agresor en la guerra mundial arancelaria, que tiene al sistema de Libre Comercio en crisis y en peligro de extinción.
Hoy día países de ambos lados del Atlántico cierran filas frente a los EEUU, cuyo gobierno emplea la intimidación y hasta la acción directa para desestabilizar a sus propios aliados, con el objeto de promover el miedo y forzar a las empresas de clase mundial a trasladar sus fábricas a suelo estadounidense. Es cierto que la actitud agresiva de Trump provoca un gran temor entre los empresarios globales que están fuera de su círculo oligárquico, pero en un sentido adverso al deseado por el autócrata, por el riesgo que implica pasar de la sartén al fuego, y por ello mantienen sus plantas industriales fuera del territorio de los EEUU.
Los aliados de los EEUU en Europa despiertan de su letargo y estrechan lazos con México, Canadá y otros países de América Latina y el Caribe, no para romper con los EEUU, sino para contener al monstruo y negociar en condiciones de equidad y de justicia. Así lo muestran el tratado suscrito en enero en Asunción, Paraguay, entre la Unión Europea y los países del Mercado Común del Sur (Mercosur), y el Acuerdo Global Modernizado firmado el viernes pasado en la CDMX por la Presidenta Claudia Sheinbaum y Ursula von der Leyen, Presidenta de la UE, que concluyó en una Declaración Conjunta cuya lectura es indispensable (1).
El Acuerdo actualiza tratados previos entre México y la Unión Europea en materia de Libre Comercio, con el añadido de que su edición actual se sustenta en un ideario político que parte del respeto a la Soberanía de los Estados Nacionales y de la Prosperidad Compartida, lo que es contrario a la pretensión de erigir un Gobierno Mundial único bajo el mando de los EEUU. En el Acuerdo en comento los dirigentes de la Unión Europea toman distancia del sistema neoliberal y hacen suya la agenda del Gobierno de México, tanto en su trato con los EEUU como en su visión humanista de la economía.
El Acuerdo México-UE propone estrechar la colaboración en un momento que los firmantes consideran “marcado por una creciente turbulencia” en virtud de lo cual declaran: “…hemos decidido ampliar, profundizar y actualizar los lazos de nuestra asociación estratégica, basándonos en nuestra historia compartida, valores, y nuestro compromiso con el multilateralismo y el orden internacional basado en reglas…”. Como se observa, el Acuerdo rebasa el ámbito comercial y promueve un desarrollo político incluyente, fincado en un compromiso de gobernanza mundial multilateral, en el marco del Derecho Internacional, lo que rechaza toda pretensión hegemónica de los EEUU o cualquiera otra potencia.
En cuanto a los efectos prácticos inmediatos, el Acuerdo elimina de un plumazo los aranceles a los productos del campo mexicano que en adelante ingresen al mercado de Europa, y proyecta inversiones de capital europeo en México en los sectores de inteligencia artificial y producción de energías verdes.

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