La defensa de la Soberanía de México frente a la injerencia de los Estados Unidos, plantea un conflicto en el que “Traición a la Patria” no es una mera expresión retórica, sino el nombre que merece la violación a un principio grabado a sangre y fuego en nuestra historia y en el texto de la Constitución de la República.
Quienes toman a la ligera el altercado reciente entre la Presidenta de México y el embajador de EEUU Ronald Johnson, y quienes siendo mexicanos reniegan, y conspiran en contra del bien común para que una intervención extranjera les restituya el poder que el pueblo les quitó en las urnas, deben recordar el golpe de estado al Presidente Francisco I. Madero y su asesinato a traición. En efecto, la revolución iniciada por Madero el 20 de noviembre de 1910, condujo a la renuncia de Porfirio Díaz seis meses después, cuando el 25 de mayo de 1911, el viejo dictador reconoció el hartazgo popular y se retiró al exilio.
Ese mismo año el pueblo de México eligió como Presidente a Francisco I. Madero mediante un proceso democrático, pero el entonces embajador de los EEUU Henry Lane Wilson y los personeros del antiguo régimen Generales Félix Díaz y Victoriano Huerta, tramaron un complot en contra del gobierno legítimo. Félix Díaz se apropió de La Ciudadela, principal arsenal del Ejército, y del 9 al 19 de febrero de 1913, en lo que se conoce como La Decena Trágica, mantuvo bajo asedio al Presidente Madero atrincherado en Palacio Nacional.
En medio de la asonada fue celebrado el llamado Pacto de la Embajada o Pacto de la Ciudadela, en el que los conjurados firmaron en el recinto mismo de la Embajada de los EEUU, el compromiso de derrocar a Madero para ser suplantado por Victoriano Huerta como Presidente espurio, apoyado en secretarios de estado designados por Félix Díaz. Madero fue privado de su libertad, forzado a firmar un papel de renuncia y enseguida asesinado con dispensa de trámite, lo que provocó un nuevo alzamiento de diversos jefes revolucionarios liderados por Venustiano Carranza, unidos en el propósito de restaurar la legalidad y crear una nueva Constitución.
El traidor Huerta fue echado del poder el 13 de agosto de 1914, pero la guerra civil atizada desde Washington continuó hasta la promulgación de la nueva Constitución el 5 de febrero de 1917, lo que a la larga condujo a la pacificación, con saldo de un millón de mexicanos muertos. Hoy día México y EEUU ocupan un mismo espacio continental, sostienen un intercambio cultural, comparten cadenas productivas, enfrentan retos comunes entre los que destaca el tráfico y consumo de drogas, que es aprovechado por EEUU como vil negocio y arma de control social y político, el cual además utiliza como pretexto para justificar su brutal injerencia.
El Gobierno de la Presidenta Sheinbaum está comprometido con la cooperación binacional pero condicionada al respeto a la Soberanía de ambos Estados, para que cada nación mantenga su identidad y decida su propio destino. El reto es en extremo difícil para México, porque tras dirimir su independencia de España y lidiar con la intervención francesa, mantiene resistencia frente a los afanes imperialistas de los EEUU, sustentados en una ideología de dominio supremacista, excluyente y ávida de nuestros recursos, resumida en la Doctrina del Destino Manifiesto o Doctrina Monroe.
Esta política imperial de los EEUU subsiste corregida y aumentada en alianza con el Estado de Israel y una poderosa oligarquía transnacional, confabulados en el empeño de erigir un Gobierno Mundial, lo que convoca a los mexicanos a considerar la experiencia del Pacto de la Embajada, para actuar en consecuencia (1).

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