El triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales de Brasil, es una derrota de la política injerencista de los Estados Unidos de Donald Trump y del Estado Sionista de Israel, así como de sus aliados tecno oligarcas globales, dueños del dinero y de las plataformas digitales.
El resultado es un fracaso de la estrategia que apuesta a campañas políticas en el metaverso digital plagadas de noticias falsas difundidas por robots, para generar percepciones en el electorado a conveniencia de sus promotores. Es alentador que en Brasil haya ganado una campaña territorial basada de manera principal en el contacto físico entre candidatos y electores de carne y hueso en las fábricas, talleres y universidades, en las calles y barrios de las ciudades y hasta en los rincones más profundos de la Amazonia, que se impuso sobre un estilo tecnocrático y deshumanizado, que de manera creciente nubla nuestra vida pública.
Pero no se piense que el triunfo fue logrado con el solo trabajo a ras de territorio; después de la primera vuelta el hoy candidato ganador denunció la interferencia maliciosa de la empresa tecnológica Meta, propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp. La interferencia referida que restringió contenidos de apoyo a Lula, fue enfrentada a través de un canal de WhatsApp en el que participaron 10.8 millones de seguidores de Lula, bajo el liderazgo de André Janones, diputado del Estado de Minas de Gerais, lo que quiere decir que la gigante tecnológica fue vencida en su propio terreno (1).
La elección en Brasil también fue escenario de una Guerra Santa entre grupos evangélicos que sostienen una teología de la prosperidad económica como signo de predilección divina y católicos que votaron por Lula, que son partidarios de que la solidaridad con los más pobres, impregne las estructuras sociales y políticas (2). Estos últimos fueron alentados por el Papa León XIV seis días antes de la votación en primera vuelta, con palabras que si bien no fueron dirigidas en específico al proceso brasileño, con todo sentido de oportunidad el Pontífice dejó claro que la denominada ultraderecha, “no constituye una expresión auténtica del cristianismo” (3).
Lo expuesto resulta extraño para los mexicanos que por experiencia histórica hemos optado por el Estado Laico, pero dada la importancia inusitada del fenómeno, es digno de ser comentado y observado en su evolución, no solo en Brasil sino a nivel global. Lo anterior porque lo ocurrido al respecto es una reacción frente a la política teocrática de Donald Trump, que junto a cientos de miles de partidarios del Sionismo Cristiano de su país, abrazan hoy día la causa de Israel sostenidos en una interpretación reduccionista y sesgada del Antiguo Testamento, según la cual se sienten llamados a dominar a todos los pueblos de la tierra, en un sentido temporal.
El presidente Lula no la tiene fácil; tendrá que gobernar con un Congreso con mayoría de oposición, por lo que su país seguirá como hasta ahora, al borde del Golpe de Estado. Sin embargo, como no hay loco que coma lumbre, es probable que Trump modere sus ímpetus injerencistas, debido a que el resultado en comento también es un triunfo moral de los países del grupo BRICS, alianza de Brasil, Rusia, India, China y otras economías emergentes, que en el plano Internacional bregan por un orden multilateral basado en Normas de Derecho y en el poder de los Estados Nacionales, a despecho del Gobierno Mundial único y hegemónico que Trump y sus secuaces tratan de imponer (4).
(1) Universidad Federal de Río de Janeiro. Bolsonaro y la Influencia Evangélica, una investigación.
(4) Si deseas más información sobre este tema, te ofrezco mi artículo Sinagoga de Satanás, en este mismo Blog Archivo Adjunto.

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