El fin de semana pasado la Presidenta Claudia Sheinbaum sugirió en Barcelona redefinir la Democracia, en cuya tarea resulta indicado recuperar el concepto propuesto por Abraham Lincoln, en su famoso Discurso de Gettysburg, pronunciado el 19 de noviembre de 1863.
Abraham Lincoln define a la Democracia como «el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo», lo que indica que el poder político emana de los ciudadanos, es ejercido por ellos y sirve a sus intereses. En esta visión no existen amos ni esclavos; los ciudadanos no solo votan en las elecciones para formar gobierno, sino que participan en la vida pública en el día a día, lo que implica que el fin del Estado es el Bien Común de la Sociedad que se construye mediante el ejercicio de la Soberanía que reside en el pueblo.
El objetivo no es fácil porque la naturaleza del ser humano no es perfecta, con el añadido de que la democracia moderna viene aparejada con el liberalismo económico y a ello se debe que haya una tensión entre libertad y justicia social, que suele caer en el absurdo de festejar Derechos de Libertad en casa de quienes padecen hambre y pobreza extrema. La falta de un equilibrio entre libertad y justicia social originó los sistemas totalitarios del siglo pasado, y hoy día las naciones construyen una alianza solidaria entre capital y trabajo, a través de una regulación estatal conducida por la participación ciudadana antes y después de las urnas.
Este modelo híbrido, también imperfecto como todo lo humano, plantea el riesgo de eludir el mandato de la sociedad y caer en manos de poderes fácticos contrarios al bien común, por lo que es necesario mantener los procesos electorales en manos ciudadanas, y repartir la riqueza y el bienestar a través de un régimen fiscal distributivo que fortalezca las instituciones de seguridad, educación, salud, etcétera. De hecho esta es una tendencia natural que a partir del fin de la Guerra Fría actúa en mayor o menor medida, tanto en los países capitalistas como en los que fueron comunistas, en busca de un justo medio entre libertad y justicia, individuo y colectividad.
En el mundo actual la paz depende de llevar al plano internacional el Bien Común de la Sociedades Nacionales, que en virtud del principio de Subsidiariedad debe prevalecer sobre las ambiciones de implantar un Gobierno Mundial en el que la dictadura del dinero mande en lugar de servir, tal y como lo advierte el Papa Francisco, en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (1). Para enfrentar el riesgo referido, lo razonable es construir un orden mundial multilateral y por ende multipolar, que respete la Soberanía de los Pueblos y reparta el ejercicio del poder en el planeta.
Por ello ante una realidad en la que la paz mundial está prendida con alfileres, resulta promisorio que los Gobiernos Europeos estén saliendo del pasmo y la sumisión, y mediante un razonamiento crítico tomen distancia de la política imperial de los Estados Unidos. También resulta esperanzador que gobiernos y líderes de diversos países incluido México, se hayan reunido en Barcelona convocados por España y Brasil a construir puentes de convivencia de cara el porvenir, para preservar la Soberanía y el Bien Común de las Sociedades Nacionales y para que literalmente, la humanidad salve el pellejo.

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